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Ignacio Libretti

Ignacio Libretti

Pedro Castañeda, camarada

Solía escribir con su dedo grande en el aire:
<<¡Viban los compañeros! Pedro Rojas>>
Cesar Vallejo, “España, aparta de mí este cáliz”

En su “Charla sobre cuestiones de filosofía” de 1964, dictada para estudiantes y funcionarios ligados al desarrollo universitario de las humanidades, Mao Tse-tung señala:

Los estudiantes universitarios deberían comenzar por pasarse por el campo este invierno: me refiero a los de humanidades. Los estudiantes de ciencias naturales no deberían moverse por el momento, aunque podemos llevarlos allá durante una temporada o dos. Todos los que estudian humanidades –historia, economía política, literatura, derecho–, todos ellos, deben ir. Catedráticos, profesores asistentes, personal administrativo y estudiantes, todos ellos deberían ir por allá, durante un período limitado de cinco meses. Si se van a pasar cinco meses en el campo, o cinco meses en las fábricas, adquirirán un conocimiento perceptivo. Los caballos, las vacas, las ovejas, las variedades de mijo: todos pueden ver estas cosas. Sin van en invierno, no verán la siega, pero al menos podrán ver la tierra y a las personas. Obtener alguna experiencia de la lucha de clases: a eso es a lo que yo llamo una universidad .

Según Mao, las condiciones de vida del campo propician el conocimiento de la lucha de clases, puesto que allí sus tendencias históricas fundamentales se manifiestan con toda claridad. Desde la hostilidad del clima y del trabajo llano, indisociables del bajo nivel de industrialización de la producción parcelaria, hasta la brutalidad patronal, parte de los resabios latifundistas que sobreviven incluso a las reformas agrarias, el campo ilustra el estado efectivo en que se encuentra la lucha de clases en cada formación social, dando cuenta de su lado más severo. Y es que el campesinado carga en su espalda con siglos de explotación que ningún proceso democrático ha logrado remediar. Limitándonos a la era moderna, basta señalar como ejemplos genéricos el saqueo feudal o el pillaje burgués para comprender por qué en esas manos callosas habita la historia de cientos de años de opresión ininterrumpida. Sin ir más lejos, aún está pendiente la tarea democrática de unir al campo y la ciudad en una sola patria; deuda histórica legada por las revoluciones burguesas incompletas o abiertamente traicionadas que renunciaron a hacerlo.

Si Mao sugiere a los estudiantes y funcionarios ligados al desarrollo universitario de las humanidades visitar el campo para obtener experiencias sobre la lucha de clases, no lo hace porque sus vivencias cotidianas en la ciudad estén exentas de su influencia. Al contrario, cuando se instala en el seno de las formaciones sociales, la lucha de clases inunda todas nuestras prácticas –desde las más vulgares hasta las más elevadas–, subsumiéndolas en los antagonismos materiales que mueven u obstruyen el desarrollo de la historia. De lo que se trata es de comprender, en primera fuente, un tipo particular de lucha de clase, de la cual depende que el porvenir histórico de la humanidad sea capitalista o comunista. Nos referimos –permítasenos decirlo– a la lucha de clase proletaria, que paradójicamente, muchas veces depende más de lo que ocurra en el campo que en la ciudad. Así fue, por citar un ejemplo de varios, en Cuba, donde la coaptación del sistema democrático por la dictadura de Batista obligó a los revolucionarios guiados por Fidel a instalarse en la sierra, organizándose desde allí. Por tanto, lo que pasa en el campo no compete únicamente al campesinado, sino al conjunto del pueblo. De ahí su relevancia histórica.

Siguiendo la ruta de Mao, cabe preguntarnos por la lucha del campesinado chileno, pues, como podemos suponer, de su experiencia histórica de combate podríamos obtener valiosas lecciones sobre el desarrollo de la lucha de clases en Chile, superando el letargo conceptual que impuso la transición pactada. Y ya que estamos en eso, debemos citar un nombre que, lejos de identificar solamente a un individuo, es el signo de un colectivo cuyo ejemplo inspira: Pedro Castañeda, camarada.

A nuestro entender, el interés político que despierta la vida de un militante comunista como Pedro Castañeda no depende de sus datos biográficos, sino de los hitos en que su individualidad desaparece, haciéndose una con la historia que protagoniza. Por esa razón, consideramos que su nombre requiere mención cuando hablamos del campesinado chileno, pues evoca la lucha contra el latifundio, la traición de Videla y la dictadura de Pinochet. A esto se debe este pequeño homenaje que hacemos en vida al camarada Castañeda, el cual esperamos se replique y perfeccione a través de plumas mucho más aptas que la nuestra. Pedro Castañeda nació el 26 de junio de 1929. Ingresó al Partido Comunista de Chile en 1939, con solo diez años sobre el cuerpo, en calidad de pre-militante. Cinco años después, obtuvo el carnet de la organización, comenzando su militancia ininterrumpida hasta nuestros días. Sin ir más lejos, participó en el último plebiscito para la reforma del estatuto partidario, confirmando su compromiso con la organización. Desde siempre estuvo ligado al movimiento campesino, donde era considerado un elemento destacado. Incluso tuvo contacto con algunos aledaños al levantamiento de Ranquil de 1934, quienes le transmitieron parte de su experiencia. Toda su instrucción la recibió directamente del Partido Comunista, responsable de toda su formación militante. Esto nos recuerda la importancia de contar tanto con la disposición partidaria como con los recursos teóricos para elevar el nivel educacional de la militancia, la cual, sin buenas herramientas conceptuales para analizar la realidad coyuntural, difícilmente podrá orientar sus acciones políticas de forma correcta. Estudiar es una necesidad práctica.

Como dirigente campesino, podemos comenzar el recorrido político del camarada Castañeda en 1967, cuando fue candidato a regidor en la comuna de San Pedro. Ese mismo año, también inició una larga marcha desde Copiapó hasta Puerto Montt, acompañado del camarada Fernando Velázquez y de otros dirigentes políticos del momento, organizando al campesinado chileno en la Confederación Nacional Campesina y de Pueblos Originarios Ranquil. Esta inmensa experiencia territorial, paralela a la campaña electoral, nos recuerda un principio angular que tendemos a olvidar: las elecciones no son un fin en sí mismo, sino un medio para difundir ideas y organizar a la población. La CNC enarbolaba reivindicaciones democráticas que procuraban estimular la formación de militancia campesina, promoviendo la politización del campo. También en 1967, Pedro Castañeda participó en la constitución local de la CUT, en compañía de otros dirigentes destacados del campesinado como el ya mencionado Fernando Velázquez, Carlos Ayala (expresidente de la Federación Campesina Indígena de Santiago) y Felipe Acevedo (otrora regidor de Isla de Maipo), a quienes también saludamos en este homenaje. Como vemos, la principal organización sindical chilena, herramienta de las luchas económico-sociales de los trabajadores en nuestro país, también contó con la participación del movimiento campesino, llevando a efecto uno de los principios angulares del comunismo: la unión de obreros y campesinos contra burgueses y terratenientes.

En 1968, el camarada Castañeda participó en la creación de la Federación Campesina Indígena de Santiago, ocupando el puesto de tesorero hasta el golpe de Estado de 1973. Producto de la dictadura militar, en 1974 las organizaciones sindicales del campesinado, cuya historia estuvo marcada por el desconocimiento legal de sus estructuras –obligándolas a funcionar principalmente como sindicatos de hecho–, debieron reconstruirse por completo desde la clandestinidad, sufriendo los embates políticos de la contrarreforma agraria. Arriesgando su vida, Pedro Castañeda participó activamente en este proceso de reconstrucción orgánica, manteniendo vigentes las reivindicaciones del movimiento campesino chileno, concebidas durante décadas de ardua lucha territorial. En 1981, cuando nació la Surco, fue electo consejero y tesorero de la organización hasta 1991, para luego convertirse en su presidente entre los años 1999 y 2004. Haciendo caso omiso de los aires de reconciliación y de las tesis sobre la presunta desaparición del campesinado chileno producto del neoliberalismo, el camarada Castañeda siguió firme en su posición, comprendiendo que los cambios tecnológicos no resuelven los problemas políticos. Sin abandonar ni por un segundo al Partido Comunista, siguió cumpliendo su rol de dirigente campesino, desafiando al paso del tiempo. Literalmente, su historia, la del Partido y la del siglo XX corrieron paralelas. La tenacidad del camarada Castañeda otorga una valiosa lección a las nuevas generaciones de militantes comunistas: aunque las circunstancias históricas no auspicien la defensa del horizonte comunista –una organización humana global desprovista de clases sociales–, y nuestras reivindicaciones parezcan asuntos del pasado, la realidad de la lucha de clases prohíbe olvidar las contradicciones todavía pendientes –que vuelven en formas cada vez menos predecibles–, obligándonos a mantener vigentes nuestras reivindicaciones programáticas específicas. Aunque dichas reivindicaciones tengan que adaptarse a las circunstancias coyunturales, nunca deben perder su contenido de clase proletaria, o de lo contrario, serán cómplices de la reproducción del actual régimen de explotación que nos domina.

Si gracias a la obra de Carlos Marx sabemos que una de las principales características del capitalismo es la revolución ininterrumpida de su base productiva, es absurdo pensar que cualquier modificación técnica en el modo de producción podría dejar obsoletos nuestros conceptos y principios. Dicha falta de rigurosidad en el análisis concreto de la situación concreta no le hace justicia al sacrificio de hombres y mujeres que dieron su vida por un mundo mejor. De hecho, satisface los intereses estratégicos de las clases sociales más reaccionarias, aunque sea de forma indirecta. En este punto, urge resguardar la formación de la militancia juvenil, la cual, producto de su entusiasmo, es susceptible de enarbolar banderas que no necesariamente representan los intereses de los trabajadores, alejándose de las masas populares. No por nada Mao recomendaba a los estudiantes de humanidades pasar temporadas completas en el campo y en las fábricas para entender la lucha de clases, en lugar de permanecer todo el tiempo alrededor de la universidad. Aunque suene severo, un baño de pueblo es la mejor receta contra la banalidad pequeñoburguesa.

A Pedro Castañeda lo recuerdan sus camaradas como un militante sumamente disciplinado y comprometido con el Partido, siempre de buen humor, alegre, optimista y dispuesto a cumplir las tareas que le encomendaran. Hasta ahora sigue en contacto estrecho con los camaradas que lucharon a su lado desde 1966, quienes lo apoyan económicamente cuando las circunstancias lo exigen. Como buen comunista, nunca le tuvo miedo a la pobreza. De hecho, aunque jugó un rol clave en la reforma agraria, no aceptó recibir tierras cuando se lo ofrecieron, limitándose a contribuir a la repartición. Su lugar estaba en las filas comunistas, luchando por el cumplimiento del programa del Partido. Eso lo llevó alrededor de 1986 hasta México, donde consiguió recursos para combatir a la dictadura militar en Chile. Que su principal frente de combate fuera el campesino no le impedía participar en otras batallas partidarias, recordándonos la importancia de la flexibilidad militante: cada cuadro debe estar dispuesto a cumplir las funciones que le encomienden, preparándose para desafíos cada vez mayores.

Por todo lo anterior y más, el regional sur-poniente del Partido Comunista en la región Metropolitana de Chile fue bautizado con su nombre, rindiéndole un homenaje inédito en su especie: ser la única estructura partidaria comunista –incluyendo a las juventudes– que se llama como un camarada todavía vivo, ilustrando su importancia para la militancia del sector. Sin embargo, aunque este homenaje ya es de por sí bastante grande, creemos que, teniendo en cuenta los antecedentes previamente expuestos, el camarada Pedro Castañeda merece la medalla Elías Lafertte por sus años continuos de abnegada militancia, la cual, a través de este pequeño escrito, solicitamos al Comité Central del Partido Comunista.

Con ejemplos como el del camarada Pedro Castañeda, apoyados en la teoría marxista-leninista, con un programa de clase y una organización partidaria fuerte y centralizada, mil veces venceremos.

Junio de 2020.

Notas: 1: Mao Tse-tung. “Charla sobre cuestiones de filosofía”. En: T. Mao. Sobre la práctica y la contradicción. Madrid: Ediciones Akal, S.A., 2010, pp. 242-243.

¿Quién pagará la cuenta de la luz en el teletrabajo?

La implementación del teletrabajo no solo vulnera las condiciones de trabajo que acordaron empleadores y empleados cuando pactaron su relación laboral –condiciones que, de por sí, ya estaban viciadas por la necesidad económica–, sino que además disminuye el salario de estos últimos de forma indirecta, a la par que aumenta las ganancias de los primeros, mediante el traspaso de las costas operacionales a los segundos. Gracias al teletrabajo, el empleador se ahorra los gastos inherentes al desarrollo de su negocio, como son, por ejemplo, el desgaste del mobiliario y los servicios básicos. Pero como dichos gastos no desaparecen, cabe preguntarnos: ¿quién los paga? La respuesta es clara: los trabajadores.

El traspaso de labores al domicilio de los trabajadores también acarrea el traspaso de las costas asociadas al cumplimiento de dichas funciones. Así, parte de los llamados “gastos operacionales” dejan de correr por cuenta del empleador, volviéndose responsabilidad de los empleados. Por tanto, lejos de tratarse de un fenómeno contingente –ante el caso, asociado a la pandemia del coronavirus–, la implementación del teletrabajo responde a una de las tendencias históricas fundamentales del capitalismo: la disminución salarial. Disminuyendo los salarios, la burguesía compensa la caída en sus tasas de ganancia –que no necesariamente implican pobreza, pero sí una merma en la acumulación de dinero–, cargándole al proletariado el peso de sus crisis. Eso quiere decir que, con pretexto en el coronavirus, estamos en presencia de una medida propia del régimen capitalista, concebida para garantizar las condiciones de su reproducción.

La implementación del teletrabajo ya estaba en la mira del FMI mucho antes que estallara el coronavirus. No obstante, debido a la envergadura de sus vulneraciones –que nos devolvían a un régimen laboral similar al de las hilanderas durante el siglo XIX–, difícilmente podría implementarse sin recibir una dura resistencia en cada país. No obstante, debido al escenario social que generó la pandemia, la burguesía internacional aprovechó para avanzar bastante en esta materia, sirviéndose de la calma que le otorgó la desmovilización popular para realizar sus reformas laborales. Por tanto, lejos de tratarse de una medida provisoria concebida para “mantener a las naciones andando durante el coronavirus”, el teletrabajo es uno de los tantos recursos utilizados por el capitalismo para mantener el régimen de explotación que lo alimenta.

Dicho esto, solo basta preguntarnos quién pagará la cuenta de la luz en el teletrabajo para descubrir los intereses involucrados tras su implementación. Por esa razón, además de resistir sus embates, urge denunciar esta realidad, haciendo que la población comprenda de qué se trata. No olvidemos que, junto a la disminución salarial, el teletrabajo merma las condiciones sociales que requieren los trabajadores como clase para enfrentar a sus patrones, debilitando sus instrumentos de combate. Encerrados en sus casas, separados entre sí, los obreros pierden el contacto directo que necesitan para organizarse en sindicatos u otras agrupaciones idóneas para responder colectivamente a sus adversarios. Aunque útiles, las redes virtuales no suplen el encuentro presencial ni la organización popular, pues carecen de la fuerza necesaria para frenar los excesos empresariales o estatales. De ahí que también debamos preguntarnos por sus respectivos límites, o de lo contrario, no percibiremos la gravedad de los efectos sociales atomizadores del teletrabajo.

Considerando lo anterior, es indispensable repetir la pregunta que titula esta intervención: ¿quién pagará la cuenta de la luz en el teletrabajo? De ese modo, podremos entender qué se juega realmente en su implementación, a la vez que generar las herramientas para revertirla.

La mutilación de Gustavo Gatica según Canal 13

El martes 7 de abril, luego de darse a conocer los resultados del sumario interno elaborados por Carabineros de Chile, Canal 13 transmitió un reportaje de autoría propia sobre la mutilación ocular de Gustavo Gatica, joven estudiante universitario que, el viernes 8 de noviembre de 2019, perdió la visión de ambos ojos producto de impactos de balines percutidos por agentes del Estado, en el marco de las protestas que animaron el llamado estallido social. Aunque las imágenes registradas por José Luís Martínez, el realizador audiovisual que captó el momento exacto del incidente, desmienten las conclusiones del informe policial, lo cierto es que el tono del reportaje es una verdadera apología a la institución, mostrando la agresión como la consecuencia inevitable de una supuesta provocación gratuita por parte de los asistentes hacia Carabineros. Solo es cuestión de reconstruir la sucesión de imágenes para entenderlo.

El reportaje comienza con la concentración de manifestantes en torno a barricadas improvisadas en calle Carabineros de Chile, quienes, entre proyectiles y gritos, trasladan un objeto metálico de grandes proporciones para resguardarse. Luego, se detiene en el momento exacto en que Gustavo Gatica arroja una piedra hacia la policía, la que estaba parapetada en una de las esquinas. Finalmente, muestra la respuesta de los agentes del Estado, consignando algunos heridos en el intertanto. Entre ellos, el joven que perdió la visión de ambos ojos.

De la sucesión de imágenes que animan el reportaje, ¿qué podemos concluir? Que Carabineros de Chile estaba siendo agredido por una turba enardecida de manifestantes, entre los cuales se encontraba el propio Gustavo Gatica, y, por tanto, el uso de escopetas a balines estaba plenamente justificada. En estos términos, los heridos que dejó la respuesta policial solo pueden entenderse como efectos secundarios de la violencia que ellos mismos desataron. En un país donde la impunidad es moneda de cambio –solo es cuestión de observar cómo van las cosas en materia de Derechos Humanos luego de la dictadura militar–, no es de sorprender que algo así pueda ocurrir. Pero no por eso dejará de ser condenable.

Lo que hizo Canal 13 a Gustavo Gatica fue enrostrarle su presunta responsabilidad en la mutilación que sufrió a manos del Estado. En lugar de contribuir a esclarecer los hechos ocurridos esa tarde de viernes, poniendo las imágenes de José Luís Martínez a disposición de las investigaciones pertinentes, respaldó el actuar de Carabineros, mostrando así de qué lado está en el conflicto social. No por nada el reportaje concluye apuntando la cifra oficial de policías heridos durante las manifestaciones, procurando victimizar a la institución para así liberarla de cualquier responsabilidad en los hechos ocurridos. No está demás preguntar: ¿quién habrá ordenado y financiado este reportaje? Sea cual sea la respuesta, lo cierto es que Canal 13 está al servicio de la minoría explotadora que empobrece al conjunto del pueblo chileno.

Frente a la obstinación de los medios de comunicación masiva, que llega al punto de relativizar incluso las mutilaciones oculares con tal de justificar las agresiones policiales, no queda más que apelar a la creación de medios alternativos –tanto impresos como digitales–, donde la verdad y la opinión popular tengan una tribuna propia, con miras a la definitiva democratización de las comunicaciones que todavía está pendiente.

Covid-19: no olvidemos nunca la lucha de clases

Como sabemos, el conjunto de la población chilena es susceptible de contraer coronavirus. Sin embargo, a nivel social, el impacto de la pandemia no es igual para todos. Mientras que los grandes empresarios presionan al Estado para resguardar sus intereses económicos más inmediatos, los trabajadores sufren las consecuencias de las políticas erráticas del gobierno en materia de salud pública, poniendo en riesgo su integridad física en cada jornada laboral. Si los responsables de conducir la nación estaban al tanto del riesgo que suponía el covid-19, ¿por qué no tomaron medidas efectivas para frenar –o al menos contener– su arribo a Chile? Y una vez reportados los primeros casos, ¿qué les impidió intervenir inmediatamente para detener la propagación de la enfermedad? Todas las señales apuntan hacia una respuesta tan clara como desoladora: los intereses de clase que representa el gobierno de Sebastián Piñera.

El empeño de la burguesía local por mantener al país andando en pleno proceso de propagación del coronavirus, ignorando las indicaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y replicando las medidas que tomó Estados Unidos para obtener réditos económicos y políticos de la crisis, contribuyeron tanto a la difusión como al arraigo de la enfermedad en nuestro territorio, dejando a Chile como el país con la mayor tasa de contagios en América Latina. Esta negligencia no obedece a la “mala voluntad” individual de nuestras autoridades respectivas –desde el gobierno hasta los patrones–, sino a los intereses de clase que los mueven; estos últimos, incompatibles con el cuidado de la salud pública.

El ímpetu capitalista por recuperar a toda costa las pérdidas que trajo consigo el estallido social –del que también son, en buena medida, responsables–, pauteó el modo en que los grandes empresarios enfrentaron la llegada del covid-19 a Chile. Eso explica su indiferencia por el bienestar de trabajadores y consumidores durante la emergencia, así como también, las presiones del sector hacia el gobierno para disuadirlo de tomar medidas drásticas en la materia. Como no es de sorprender, la clase dominante chilena está repitiendo las mismas prácticas que motivaron la rebelión popular de octubre, dando cuenta del verdadero estado en que se encuentra la lucha de clases en Chile –mucho menos progresista de lo que parece– y vaticinando el escenario que vendrá una vez controlado el coronavirus. En rigor, conductas como las que ha tenido la clase dominante durante esta crisis sanitaria cimientan el camino para nuevas revueltas. Son los grandes empresarios nacionales, y no el Estado ni el Partido que dirigen la República Popular China –estos últimos han dado muestras ejemplares sobre cómo detener una pandemia– los verdaderos responsables de la propagación indiscriminada del covid-19 en Chile. Por lo mismo, una vez superada la crisis, es menester que su responsabilidad no quede impune.

No olvidemos nunca la lucha de clases. Plantear que ésta es una crisis humanitaria, desconocimiento las articulaciones sociales que la desataron, es falsear los hechos. Lo cierto es que si el gobierno de Sebastián Piñera es incapaz de frenar al coronavirus en Chile producto de los intereses de clase que representa, entonces debe evaluar su continuidad en la dirección de la crisis. Haber decretado Estado de Catástrofe, aunque tarde, es una medida que podría disminuir la propagación de la enfermedad, siempre y cuando venga acompañada de iniciativas políticas centradas en el bienestar de la población; no en favor de los grandes empresarios. Al respecto, la cuarentena nacional, el control de precios en productos de primera necesidad (sanitarios y alimenticios), la gratuidad de la prueba para diagnosticar coronavirus y el control estatal del sistema privado de salud son medidas urgentes a tomar. Cabe decirlo: no es admisible que sean los sectores populares quienes sufran las peores consecuencias sanitarias que acarrea el enriquecimiento individual en tiempos de crisis. Por lo mismo, a pesar de las medidas de autocuidado necesarias para frenar los contagios, urge mantener la vigilancia popular de las políticas de gobierno frente al covid-19. Al respecto, conglomerados como Unidad Social pueden jugar un rol estratégico en la organización –aunque sea virtual– de la defensa de masas ante las vejaciones gubernamentales y patronales. La crisis no debe mermar demasiado las fuerzas populares necesarias para hacer de Chile un país democrático durante el proceso constituyente. Aún quedan desafíos monumentales por venir.

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